Ni dios ni amo

No son tontos Lo que nos tiene que preocupar no es el origen familiar de quienes golpean cacerolas en los barrios bien, sino por qué traicionan al suyo aquellos que, como modernos Tíos Tom, lo hacen en otros más modestos.

Benito Rabal 15/07/2020

No. No son tontos. Son chulos. Sus chulerías regalan los oídos en la barra del bar, en la mesa camilla frente al televisor o en la cola del supermercado. Son chulos y no por casualidad. Expertos en marketing y comunicación se encargan de dictarles mensajes sin argumentación alguna, que apelan a los más bajos instintos de quien no tuvo y hoy cree tener; del que se olvidó de dónde viene; de quien emigró y mira mal a quien lo hace ahora, porque atrás quedaron, en la interesada nebulosa del olvido, los insultos que recibió. Y si no él, sus padres; y si no, sus abuelos. Piojosos, pedigüeños… Y el peor de todos, pobre. Es tal esta cultura de la incultura, que una tía mía dejó de hablarme un tiempo porque en una entrevista recordé que nuestra familia no tenía para comer. No podía haberla ofendido con mayor agravio, aunque tanto ella como yo, supiéramos que era cierto.

En el siglo de Oro, el gentilhombre, castellano viejo de saya y jubón roído, aunque llevara días sin probar bocado, al salir a la calle, tras cubrir lo roto de su vestido, se salpicaba con migas de pan duro para que si alguien de idéntica alcurnia, reparando en su famélico aspecto, le invitara a comer, poder decir, no gracias, ya he comido, a la vez que sacudía los restos de su miseria con distraído ademán.
Y es que, por más que se empeñen, la historia no está en el pasado, sino en el presente.

Lo que nos tiene que preocupar no es el origen familiar de quienes golpean cacerolas en los barrios bien, sino por qué traicionan al suyo aquellos que, como modernos Tíos Tom, lo hacen en otros más modestos, exhiben banderitas sobre los tractores, desprecian lo diverso en el comedor de la fábrica, ensalzan a quienes les golpean, callan cuando les roban si no es a punta de navaja o informan al dictado de quien les paga y no de su conciencia.

Es un error pensar que son sólo una panda de pijos quienes claman contra los logros sociales de este gobierno de coalición. Ser pijo es exclusivo de unos pocos. Significa un paso más allá del fascismo. Para ellos detentar el poder es algo tan habitual como lavarse la cara por las mañanas. Atacar a quien defienda lo contrario a sus intereses no requiere planteamiento alguno. Todo lo que no provenga de la riqueza o de la aristocracia, no tiene cabida en su mundo, deja de existir, no sólo física, sino idealmente. Basta con repetir que es una tontería. Alguien, aparte de su cuenta bancaria, les dará la razón.

Por eso, cuando la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, justifica los menús repartidos a los niñ@s en riesgo de exclusión social, lo hace apelando a que a todos les gusta la pizza y la Coca-Cola. Y no porque sea tonta, sino porque lo simplista de su discurso niega de antemano cualquier reflexión seria, amparándose en una sociedad como la nuestra donde la Cultura se sitúa en el escalafón más bajo de las necesidades básicas.

El espejo en que nos han acostumbrado a mirarnos está más cerca de la ilusión de llegar a ser como nuestros señores que de la solidaridad sincera.

Lo preocupante es por qué se mantiene el pensamiento global que prioriza el soy lo que creo tener, sobre el qué debo hacer para cambiar lo que soy.

Y, sobre todo, qué hemos hecho mal, o qué hemos dejado de hacer, para que, aun teniendo la razón, nos cueste tanto extirparlo.

Publicado en el Nº 335 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2020

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