Un español en AlemaniaLa prueba del tren

José Mateos Mariscal. Wuppertal (Alemania) 13/09/2020

Dos pasajeros en un compartimento de un tren. Aparecen otros dos. Los que ya estaban allí dan claras muestras de disgusto antes de dedicarse a recoger sus cosas para compartir el espacio de los portaequipajes y recluirse en sus asientos. Sin conocerse actúan como un grupo establecido frente a los recién llegados que están invadiendo su territorio. Pero entran dos más y varía el estatus de los que les precedieron. Los que hasta ese momento eran intrusos pasan a formar parte de los dueños del compartimento y toman la actitud de antiguos vecinos del lugar, merecedores de todos los privilegios.
Extractado de LA GRAN MIGRACIÓN

Hace mucho tiempo, una campaña de concientización en Alemania ponía a un niño frente a dos muñecos. Uno de piel blanca y pelo rubio. Otro de piel morena y pelo negro. Les hacían varias preguntas para elegir a uno de los muñecos. ¿Quién crees que es malo? ¿Quién crees que es feo? ¿Cuál te gusta menos? Las respuestas apuntaban al muñeco de piel morena y pelo negro. Los niños no lo sabían pero aplicaban los conocidos como microracismos, esas actitudes o comportamientos racistas que ocurren de manera tan sutil, tan imperceptible, que muchas veces pasan desapercibidos pero que los practicamos de manera recurrente.

Son expresiones cotidianas y sutiles encaminadas a perpetuar discriminaciones, por motivos sociales, sexuales y étnicos, que atentan contra la dignidad e integridad de una persona, dificultando su desarrollo particular y colectivo. Nacen debido a la evolución de los pensamientos y comportamientos que supone el racismo, a causa de la intolerancia social hacia la discriminación directa y la pasividad mostrada por la población al enfrentarse a comentarios peyorativos hacia determinadas personas, sus colectivos y culturas. Estas expresiones están constantemente presentes en nuestro lenguaje y en innumerables ocasiones evitamos el enfrentamiento con las mismas, siendo necesario el conocimiento de los microracismos para la concienciación sobre su existencia y la falta de sensibilización que la comunidad presenta frente a estas expresiones discriminatorias. Los microracismos existen, su visibilización supone una nueva manera de lucha contra el racismo encubierto.

Usted que lee y yo que escribo como migrante somos racistas. Aunque tratemos de comportarnos como personas estupendas que se consideran iguales a los que nos rodean, tenemos los dos pies emponzoñados en una sociedad racista. Ojalá no hubiese diferencias. Pero las hay. Por el color de la piel. Por el sexo. Por el dinero. Y mucho me temo que lo que pasa en Estados Unidos, que ha sucedido siempre, indios y rostros pálidos, es la primera señal brutal de que el tránsito por el extraño planeta vacío y silencioso de Pandemia no nos hizo mejores, como creían los majos. Por desgracia usamos los dedos para señalar. Hay racismo por el color de la piel y por el color del dinero. Hay racismo contra gais y lesbianas. Hay racismo contra los trans. Hay racismo por la rubia de bote. Hay racismo contra el gordito. Hay racismo contra el emigrante. Arriba y abajo es la historia del mundo. Por mil campañas que hagamos, que son necesarias, aflora el racismo bestial, el evidente, el que no se esconde, el que utiliza la cabeza para dar cabezazos, no para pensar. Y está el otro racismo, que se multiplica hasta el infinito y más, el microracismo que, gota a gota, es un racismo tremendo. Taladra la razón, como la tortura de la gota malaya. Poco a poco. El microracismo es el de la compasión, que es forzada. Es el de la caridad, que no es más que propina de superioridad. Es el de la imagen, mira qué linda con su piel blanca y rizos rubios. Estamos en la sociedad de la apariencia, en lo que algún pensador nombró como el desierto de lo virtual. Y en un mundo de imágenes, los clichés del odio al distinto distante iban a funcionar a toda máquina, de pantalla en pantalla sin parar. Lo dijo Séneca: la sabiduría es la única libertad.

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