No podemos recuperar lo que nunca hemos tenidoLa (Re)construcción de un país para la juventud trabajadora La imprescindible juventud que ha arriesgado su salud y su vida contra la pandemia.

Guillermo Úcar. Secretario General de la UJCE 31/07/2020

UN ERROR EN LA EDICIÓN EN PAPEL DE MUNDO OBRERO
Por un error, en el número 336 de Mundo Obrero (edición en papel de julio y agosto) se ha cambiado el nombre del Secretario General de la UJCE. El artículo de Guillermo Úcar aparece firmado por Xabi García. Con nuestras excusas para los dos afectados, adelantamos la publicación del texto en la edición digital para su general conocimiento.

José Manuel Martín Medem
Director de Mundo Obrero



La última década de movilizaciones ha tenido un claro papel protagónico de la juventud. Desde el estallido de la crisis de 2008, coincidente con el movimiento frente al plan Bolonia, hemos pasado por el 15M, la lucha del movimiento estudiantil contra los recortes, la LOMCE y el 3+2, una multitud de jóvenes sumándose a las Marchas de la Dignidad, desembocando después en un potente movimiento feminista y ecologista, y todo ello atravesado por diferentes conflictos obreros, donde podrían destacar la lucha de riders y trabajadoras de la hostelería, y vecinales, como las luchas del sindicato de inquilinas o las asambleas contra las casas de apuestas. Una foto que se resume perfectamente en el ya utilizado lema de no es país para jóvenes.

Ahora la crisis que deja la pandemia de la COVID-19 ha hecho que se le vean más aún las costuras, si es que se puede, al maltrecho traje que la Unión Europea y el reparto internacional del trabajo han confeccionado desde hace tiempo para la juventud trabajadora en España: temporalidad, parcialidad, falta de vivienda digna, déficits de servicios públicos y la incertidumbre sobre el futuro como norma.

Por eso para la inmensa mayoría de la juventud de este país, los que tenemos un profundo origen de clase y popular, hablar de reconstrucción es un imposible: no podemos reconstruir algo que nunca hemos tenido. En todo caso, podemos hablar de lo que queremos y necesitamos: hacer añicos la espiral de precariedad en la que, a modo de bucle, vamos entrando desde que empezamos los estudios medios.

Entre la precariedad y la incertidumbre

Sin empleos ni salarios dignos y sin posibilidad real ni esperanza de alcanzarlos, es impensable que podamos construir el resto de nuestra vida. Este hecho se agrava aún más con las desigualdades de género, que atraviesan constantemente la vida de las mujeres jóvenes: empleos con mayores índices de precariedad, brecha salarial y salarios aún más bajos, temporalidad y parcialidad de los contratos. En definitiva, una peor vida acaba suponiendo un mayor sometimiento a la lógica capitalista y patriarcal.

El turismo era en 2019 el buque insignia del PIB en España con un 15%, seguido por la construcción con un 14%. Es decir, casi un tercio de la economía española se basa en dos sectores caracterizados por la extrema dependencia de la demanda, por la estacionalidad y por la inestabilidad. Esto repercute directamente en la juventud ya que, con datos de 2018, el mayor número de contrataciones a jóvenes (1.358.296, casi un 10% del total de jóvenes en España) se dio bajo la figura de camareras asalariadas. El segundo empleo con mayor número de jóvenes era el de peones de la industria manufacturera, que pasaba a emplear a menos de la mitad (605.324) de los jóvenes.

España, en su recorrido dentro de la UE, ha ido destruyendo su soberanía económica, hipotecando su destino al reparto que las oligarquías europeas han encomendado y haciendo así que cada vez más jóvenes tengamos que asumir, por falta de mayor perspectiva, la vida en la incertidumbre.

No queremos ni podemos permitirnos ser el sol y la playa de Europa, poniendo al servicio de otras potencias un lugar al que venir a bajo coste mientras se crean empleos precarios y se destruyen nuestros ecosistemas.

La espada mediática

Pese a todo, durante los últimos meses hemos demostrado nuestro imprescindible papel como juventud trabajadora. Las verdaderas heroínas y verdaderos héroes que, desde los centros sanitarios hasta los supermercados, pasando por centros de logística y de industria, han seguido yendo a trabajar para que con su esfuerzo y arriesgando su salud y su vida se haya podido garantizar la de otras muchas trabajadoras.

Ese papel heroico de la juventud trabajadora choca ahora con una continua criminalización a la que nos vemos sometidas, que nos culpa de los rebrotes por nuestra irresponsabilidad. Lo cierto es que este fenómeno no es nuevo (recordemos el elevado número de terroristas que ha habido en los últimos años) y lo que se pretende es anular por adelantado el espíritu de empuje y de transformación de un grupo social que tiene mucho que decir frente a esta crisis. La espada mediática tiende doble filo: a la vez que se consigue criminalizar a un sector contestatario, se consigue también omitir que durante meses en este país se han cometido verdaderos abusos laborales y de salud en el trabajo, exponiendo al virus a quienes solo podemos vender nuestra fuerza de trabajo.

No hace falta decir que la pandemia no ha hecho sino agravar nuestra situación y la de nuestros progenitores, dificultando más aún, por ejemplo, el acceso a la vivienda y a la educación superior. Se trata de fenómenos y tendencias de las que debemos asumir que no se puede establecer una solución definitiva sólo a base de ayudas, públicas o privadas, que tan sólo consiguen alargar en el tiempo nuestra sensación de incertidumbre. Necesitamos, como juventud trabajadora, ahora más que nunca, ser dueñas de nuestro futuro.

Un nuevo modelo productivo

En este camino que nos toca recorrer ahora, se hace imprescindible entender que ha sido el régimen del 78, la materialización de unas determinadas alianzas de clase representadas por los principales partidos políticos, el que ha permitido un deterioro continuado a lo largo del tiempo de nuestras condiciones de vida.

Nada nos puede llevar a pensar que hay margen dentro de este régimen que nos permita ahora encontrar el camino de la solución. Se hace evidente que necesitamos un nuevo modelo productivo que ponga fin a un mercado laboral que lastra nuestro futuro y que nos permita decidir qué producimos y cómo lo producimos, que no nos haga dependientes de la estacionalidad y la demanda de Europa. Necesitamos, en consecuencia, una nueva educación que se adapte realmente a la juventud de los barrios obreros y populares, que no segregue en estas circunstancias y que no sea motor de segregación en el futuro. Necesitamos el desarrollo urgente de un parque de vivienda pública que garantice nuestra emancipación sin el lucro especulativo de grandes propietarios. Necesitamos, en definitiva, un vuelco en el tablero de las clases sociales.

Porque si no es así, para la juventud trabajadora, la vieja y la nueva normalidad acabarán siendo iguales o, al menos, demasiado parecidas. Sólo derribando los cimientos que han permitido el desarrollo de la vieja normalidad conseguiremos que la nueva tenga elementos realmente novedosos para la juventud.

Los cambios que se puedan acabar dando dentro del marco de los grandes consensos serán un mero maquillaje, un disfraz, con el que seguir manteniendo su dominación de clase, sus ganancias, su poder. Nunca se trató de construir un proyecto dialogado sino de construir nuestro proyecto: un proyecto en el que la clase trabajadora y los sectores populares seamos no sólo parte activa sino protagonistas, donde nuestras necesidades y nuestros intereses sean los que verdaderamente gobiernen el rumbo del país. No se puede reconstruir nada porque no se puede construir sobre la ruina: es el momento de derribarlo todo y empezar de nuevo.

Publicado en el Nº 336 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2020

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