Hiroshima y Nagasaki Japón ya estaba derrotado y el lanzamiento de las bombas fue un crimen de guerra innecesario y cruel.

Higinio Polo 06/08/2020

Una vieja fotografía de 1945 muestra a la tripulación del Enola Gay que estaba a punto de poner rumbo hacia Hiroshima para lanzar sobre la población civil la primera bomba atómica de la historia, aquel horror del apocalipsis del que ahora se cumplen setenta y cinco años. En la primera fila, empezando por la izquierda, se ve a los tenientes Jacob Beser y Norris R. Jeppson, al capitán Theodore J. Van Kirk, el mayor Thomas W. Ferebee, el capitán William S. Parsons, el coronel Paul W. Tibbets y el capitán Robert A. Lewis. En la segunda fila, el sargento Robert R. Shumard, el soldado Richard H. Nelson y los sargentos Joe A. Stiborn, Wyatt E. Duzenbury y George R. Caron. Casi todos sonríen pero el coronel Tibbets permanece serio, con la mirada perdida. Tibbets y Parsons sabían que era una misión secreta y que el artefacto que iban a lanzar era una bomba atómica. El coronel llevaba pastillas de cianuro que le había proporcionado el ejército por si la misión fallaba y el avión era derribado. Era la tripulación investida como el correo de la muerte.

Cuando, el 6 de agosto de 1945, aquel bombardero B-29 bautizado Enola Gay volaba hacia Hiroshima para cumplir las órdenes de Truman y de Curtis Le May, el general de la fuerza aérea que dirigió la campaña del Pacífico, Japón ya no sabía contar sus muertos. La ferocidad del Japón fascista, que asoló China y el sudeste asiático, encontró su reflejo en los militares estadounidenses, como los almirantes William Halsey y Robert Carney que llegaron a enorgullecerse de hundir barcos hospital japoneses. El 9 de marzo de aquel mismo año, Le May ya había enviado a más de trescientos bombarderos a destruir Tokio. Aquella noche, sus bombas incendiarias de napalm mataron a cien mil personas y durante la guerra los aviones norteamericanos bombardearon centenares de ciudades, ensañándose con la población civil, matando a más de un millón de personas.

El coronel Tibbets, que apenas tenía 31 años, pilotó el B-29 que llevaba el nombre de su madre hasta Hiroshima. Les seguía un avión de observación, cuyo piloto era Charles Donald Albury. El sargento George R. Caron, que sólo tenía 25 años, fue el encargado de lanzar la bomba, junto al mayor Thomas Ferebee. La bomba atómica pesaba más de cuatro mil kilos y medía tres metros. El propio Caron fotografió el hongo atómico que se elevaba sobre Hiroshima. En un instante mataron a más de cien mil personas. El Enola Gay volvió a Tinian, en las islas Marianas, al este de las Filipinas. Tres días después, Albury copilotaría otro bombardero B-29, el Bockscar, hasta Nagasaki, y el capitán Kermit Beahan lanzó otra bomba, ahora de plutonio, sobre la ciudad. Mataron a más de ochenta mil personas. Miles de japoneses murieron en las semanas siguientes y los supervivientes soportaron durante años la lluvia radioactiva. Truman recibió satisfecho la noticia del bombardeo atómico mientras volvía de la Conferencia de Postdam, a bordo del crucero de guerra Augusta, y habló por radio a la población estadounidense dando cuenta de la mortífera misión sobre Hiroshima.

Sólo queda la sombra de su cuerpo

El hongo atómico que captó Caron acababa, en aquel instante, de matar a cien mil personas. El rugido de la muerte destruyó las casas, arrancó los árboles, creó un infernal remolino donde volaban puertas y objetos, lanzó a niños a centenares de metros de distancia, desintegró los cuerpos. Hiroshima quedó reducida a un desolado mar de ruinas y escombros, donde los supervivientes se arrastraban entre el fango y los cascotes, con rostros abrasados y jirones de piel colgando de sus cuerpos mientras suplicaban agua entre gemidos. Todo desapareció, el terrible calor de la bomba desintegró a miles de personas. En el Memorial de la Paz de Hiroshima guardan el escalón de la puerta de entrada de una casa donde una persona estaba sentada cuando estalló la bomba: sólo queda la sombra de su cuerpo. John Hersey, que estuvo en Japón aquel invierno de finales de 1945 y publicó su libro un año después del horror, dio cuenta de aquel infierno: a algunas mujeres que pudieron salvarse, el calor radioactivo les había grabado las flores de sus kimonos en la piel. Hersey habló con algunos supervivientes. El jesuita alemán Wilhelm Kleinsorge le contó que pudo rescatar a dos niñas. La más pequeña tenía todo su cuerpo en carne viva y aquella noche del 6 de agosto, pese al intenso calor, la niña temblaba y tenía frío. Keinsorge la tapó con una manta y, de pronto, la pequeña dijo “tengo tanto frío” y expiró.

La ciudad desintegrada se halla hoy entre los granos de arena de las playas de Hiroshima y en el santuario de Miyajima. El coronel Tibbets diría después que el resplandor de la bomba atómica sabía a plomo en su boca. Nunca se arrepintió. Otro tripulante, Robert R. Shumard, dijo que “era algo que había que hacer”. Tampoco Albury se arrepintió nunca. Cuando ya era un viejo veterano, recordó aquel 6 de agosto de 1945 para la revista Time: “Entonces una luz brillante nos golpeó y la parte superior de esa nube de hongo fue la visión más aterradora, pero también la más hermosa, que hayas visto en tu vida. Todos los colores del arco iris parecían estar allí.” Sólo Paul Bregman, uno de los tripulantes que lanzaron la bomba sobre Nagasaki, vivió con remordimiento el resto de su vida y, en el cuarenta aniversario de la explosión, se ahorcó en su casa de Los Ángeles.

Tres décadas después del bombardeo atómico, Tibbets incluso participó orgulloso en una recreación del bombardeo atómico que se realizó en Texas ante decenas de miles de espectadores satisfechos y felices. No sabían, no querían saber, que muchos de los niños que padecieron la bomba de Hiroshima todavía en el vientre de sus madres embarazadas nacieron con sus cabezas más pequeñas. Ni supieron del hambre, la ocupación militar, el desorden, la miseria, los pobres mercados negros de la Hiroshima de posguerra, ni de los diez millones de personas que vivieron entre las ruinas. Los norteamericanos tampoco supieron que el gobierno de ocupación de MacArthur creó la Asociación para el Ocio y el Recreo, organizando la prostitución, reclutando a las desvalidas chicas pan-pan para que saciasen a los militares estadounidenses, los GI de posguerra. Ni supieron después de las pobres mujeres japonesas que quedaron embarazadas de soldados norteamericanos y que visitaban los tristes orfanatos y las bases japonesas del US Army en los años de la guerra de Corea.

Un crimen de guerra innecesario y cruel

Con la ocupación de Japón, el feroz MacArthur prohibió cualquier información sobre las dantescas consecuencias de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Hoy, Estados Unidos, convertido en el único país del mundo que ha utilizado los tres tipos de armas de destrucción masiva (nucleares, químicas y bacteriológicas) contra la población civil, sigue mostrando orgulloso el Enola Gay en el National Air and Space Museum Steven F. Udvar-Hazy Center que se encuentra en Washington.

Estados Unidos llenó el mundo con mentiras para justificar el bombardeo atómico sobre la población civil japonesa porque Japón ya estaba derrotado y el lanzamiento de las bombas fue un crimen de guerra innecesario y cruel: quienes ordenaron y llevaron a cabo los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki pertenecen al mismo universo de los carniceros de Auschwitz, de los crímenes inimaginables acometidos con una frialdad que sigue estremeciéndonos.

Desde entonces, Estados Unidos sigue manteniendo la mentira de que el bombardeo atómico puso fin a la Segunda Guerra Mundial y ahorró muchas vidas. Los asesinos nazis que levantaron Auschwitz fueron juzgados en Núremberg pero los criminales de guerra de Hiroshima y Nagasaki, las tripulaciones del Enola Gay y del Bockscar, Truman y Curtis LeMay, siguen siendo honrados como héroes en los Estados Unidos, como si no fueran responsables de aquel frío de la muerte que acabó con la niña de Hiroshima.

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