La cultura es entretenimiento. Pero el entretenimiento no está reñido con la reflexiónCultura y entretenimiento

Paula Padial 12/09/2020

El hiato vital que ha supuesto el confinamiento ha puesto en suspenso también nuestra relación con el ámbito de lo cultural. El Coronavirus ha interrumpido los ciclos habituales -esos impuestos por el sistema, que nos dan 8 horas de trabajo, 8 horas de ocio y 8 de sueño en el mejor de los casos- y, de pronto, nos hemos encontrado con algo que hacía mucho que escaseaba: tiempo.

Tiempo para leer, para ver, para escuchar, para jugar. Dada la situación, los engranajes más visibles de la cultura ofrecieron contenidos para sobrellevar mejor el encierro. Fueron entonces los recitales de poesía desde el sofá, los conciertos en el salón, los juegos y libros de descarga gratuita, los paseos virtuales por las mejores pinacotecas. Pero también para quienes han sido esenciales en este estado de excepción ha jugado la cultura un papel central, muy similar al que jugaba en la vieja normalidad. La cultura como forma de evasión fue la defendida en Cultura o barbarie, una carta abierta firmada por varios Premios Nacionales. Su reflexión se abría con una anécdota, la de un médico que agradecía a un artista su trabajo, porque gracias a él era capaz de “reconciliarse con el mundo” y “renovar fuerzas y energía”. En esta misma carta se definía a la cultura como el combustible que nos permitía resistir y soñar con un mundo mejor, pero se le negaba tajantemente el apelativo de entretenimiento. La cultura no es mero ornato, aseguraban, al tiempo que volvían a abrir el viejo debate de cultura contra entretenimiento.

La misma confrontación planteaba García Montero en una reciente entrevista. De nuevo, la cultura como educación, como forma de construir conciencia crítica, se contrapone a la industria del entretenimiento. La cultura es formación, nos dice, y no sólo entretenimiento. En esta negativa está la clave del conflicto: hay entretenimiento en la cultura, pero el esparcimiento nunca puede ser el centro de lo cultural, que debe hacer del pensamiento crítico su eje. El enfrentamiento cultura vs entretenimiento se desdobla, en este punto, en una confrontación entre lo lúdico y el conocimiento. Ambos se presentan como extremos enfrentados e incompatibles, a pesar de formar parte del mismo segmento, esto es, la cultura.

Este careo va, en realidad, mucho más allá de lo que a simple vista pudiera parecer. La cultura que defienden quienes rechazan el entretenimiento es la Cultura, con mayúsculas. La de los tiempos pausados, la que requiere un compromiso por parte de su audiencia, la de experiencias trascendentales. La que fácilmente identificaríamos con el arte, si aplicásemos la distinción clásica entre alta y baja cultura que el idealismo ha insertado en el sentido común a través de la tradición. Frente a ella tenemos la cultura como pasatiempo, la que tiene más de consumo que de experiencia estética. La de la industria, la del consumo.

Esta división pertenece a los cánones de la antigua normalidad, aquella que sigue hablando de la cultura en los términos que pertenecen al vocabulario de Kant a pesar del paso de los años. Pero también nos remite a la reflexión de Adorno y Horkheimer. En contraposición a la postura de Benjamin, que consideraba que la tecnología traía consigo una democratización de la cultura, los pensadores de la escuela de Frankfurt eran bastante más escépticos con respecto a las bondades de los, por entonces, nuevos medios. Introducen, además, un concepto clave: amusement, esto es, entretenimiento.

También en La industria cultural nos dicen que el entretenimiento ha formado siempre parte de lo cultural. El problema está, señalan, en el momento en que dichos elementos vienen dados desde arriba. Porque no debemos confundir esta industria de la cultura, que tiende a ser identificada con la baja cultura, con la cultura popular. La cultura, en tanto que superestructura, se relaciona de manera fluctuante con la base. Pero la cultura popular emerge desde abajo, mientras que la cultura del consumo se impone desde arriba. Tampoco hay confrontación entre el arte serio y el arte ligero más allá de la impuesta por la concepción burguesa del primero, que considera que la distracción que proporciona el segundo es una suerte de degeneración. Y precisamente esto es lo que ha desvelado el confinamiento: la cultura también es entretenimiento, y que lo sea no está reñido con el pensamiento crítico.

El entretenimiento negativo es, y siempre según Adorno y Horkheimer, cuando está vinculado con la alienación. De ahí que mantengan que “el amusement es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío”. En su texto critican, precisamente, aquello que nuestros artistas alababan al inicio de su carta: la capacidad que tiene la cultura de sustraernos del proceso de trabajo y prepararnos para afrontar un nuevo día. Un nuevo día en el que las condiciones no hayan cambiado, en el que el sistema siga siendo el mismo.

Huelga decir que las circunstancias excepcionales a las que refieren quienes han defendido la cultura como modo de evasión durante a la pandemia tiene que ver con la propia emergencia sanitara y sus efectos, y no tanto con un sistema que ha recortado sistemáticamente en sanidad y educación y en el que las labores esenciales han sido consideradas trabajos menores. Pero la sociedad que ha tenido que enfrentarse a esta pandemia es la misma que ha visto sus derechos recortados, y gran parte de la alienación no la producía el virus, sino las actividades laborales. De ahí las huelgas que han venido con la nueva normalidad, de ahí la denuncia de los recortes. De ahí también que la denuncia que plantea La industria cultural tenga vigencia también en este contexto, a pesar de su excepcionalidad.

El estado de alarma ha traído consigo reminiscencias de este antiguo debate, pero no desde la perspectiva de clase que imbuía la teoría de la escuela de Frankfurt, sino desde la oposición que ya se denunciaba en el texto: la del arte burgués frente al arte popular, la del arte serio y el ligero. Pero este no es el debate que deberíamos tener en este momento, porque estamos a tiempo de reformular nuestra relación con la cultura en la nueva normalidad.

Esta situación sobrevenida ha evidenciado las costuras de nuestra relación con la cultura. Nos ha hecho ver sus invisibles, su precariedad y su ideología, tan incrustada en el sentido común que lo que es tradición se nos presenta como invariable. Ello nos permite también visualizar desde dónde se ejerce la crítica al entretenimiento: desde una postura conservadora, que pretende conservar las relaciones propias del arte burgués, o desde una postura revolucionaria, que aprovecha el desvelamiento que ha permitido este tiempo tan extraño para proponer una nueva normalidad desde el pensamiento crítico.

Este ser críticos conlleva serlo también con el concepto de amusement, porque su análisis también se hace efectivo en una sociedad en la que se considera a la audiencia como ente pasivo. Critican la recepción acrítica de un público entumecido, pero no cuestionan en ningún momento las relaciones establecidas por esa experiencia estética que sí vinculan con el ideal burgués. No es solo que la audiencia piense y desarrolle conciencia crítica a partir del discurso que plantea la cultura, sino que cambie su manera de relacionarse con esta también en la recepción. Se trata, en definitiva, de avanzar hacia una nueva estética.

La cultura es entretenimiento. Pero el entretenimiento no está reñido con la reflexión. Es posible consumir estos productos desde una postura crítica, ser consciente de las contradicciones que generan y, por supuesto, hacer pedagogía desde esta disincronía.

Publicado en el Nº 335 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2020

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