La dignidad y la coherencia de un republicano y comunista desde la etapa más dura.Memoria rebelde de Julio Diamante

Felipe Alcaraz Masats 05/08/2020

Solo se puede tener de Julio Diamante una memoria rebelde. Era su apuesta permanente: la desobediencia inteligente, la lucha recalcitrante por la libertad en este oscuro país, lóbrego durante el franquismo.

Simpático y rebelde. Afable y rebelde. “Gaditas” y rebelde. No cuajó plenamente ni en el franquismo ni en su variante desarrollista ni en la posmodernidad posterior, basada en el mercado y el pensamiento líquido. Hizo un 10% de las películas que debió hacer. No le dejaron. Incluso tuvo que autofinanciar su última entrega, con un premio que le dieron en Andalucía.

Atravesó páramos y desiertos con la sonrisa y el ademán lento del que no atiende razones alquiladizas, ofertas de domesticación. Nunca ganó. Nunca se pareció a los ganadores. Era una biblioteca y un archivo de dignidad y superioridad moral, de capacidad poética “jonda”, de competencia visual de maestro casi nunca reconocido.

Se ha ido, pero está claro que no han logrado triturarlo con las estrategias del silencio que tanto denunció. A pesar de los pesares, ahí está el hombre y su cine, el hombre y su obra, con un hito permanente: él mismo, su coherencia, su resistencia, su afable valentía, la dureza tranquila y brillante de quien no necesita ningún tipo de violencia.

Republicano y comunista desde la etapa más dura, a eso de mediados de los cincuenta, organizando respuestas y alternativas desde la Universidad, después de haber visitado en la cárcel, con pocos años, de la mano de su madre y de su abuela, a dos presos de la familia: su padre y su abuelo.

Murió en Madrid, después de un último viaje a Cádiz, su lugar de origen (como “gaditas” que no dejó de ejercer), donde se le quiere. Emma Cohen hizo de él una semblanza consistente (y coexistente) que leyó Joaquín Recio en aquel homenaje que el coordinador de Atrapasueños había organizado en la Fiesta del PCE, hace ya 16 años.

Con son de Jazz y cante Jondo, que lo acompañan desde siempre, entra en la Universidad a estudiar medicina y se convierte en uno de los miembros más activos del grupo comunista que encabeza en 1956 la primera manifestación que se organiza contra el régimen golpista. El mismo grupo que organiza el primer congreso dedicado a escritores jóvenes. En el 64 ejerce de profesor en la Escuela Oficial de Cine de Madrid, así hasta su clausura en 1975. Cárcel y autoexilios, huyendo de las centurias falangistas, aliñan sus días, en los que no cede, a pesar de las dificultades y a pesar del interrogatorio que le hace Conesa durante once días.

Habla en la radio de lo suyo: el cine, el jazz y el jondo, incluso entona sin prejuicios no pocos palos flamencos. Se convierte en director de cine: Los que no fuimos a la guerra (1962), Tiempo de amor (1964), El arte de vivir (1965), Sex o no sex (1974). Dirige la Semana de Cine de Autor de Benalmádena durante largos años. Trabajo recopilado en un tomo que se titula Cine, cultura: contra las sombras y el silencio.

Dedica mucho tiempo a recuperar el concepto de memoria, a ejercerla rigurosamente en una serie de etapas históricas, recogiendo en una de sus entregas los recuerdos de su padre: De Madrid al Ebro. Mis recuerdos de la Guerra Civil española. Hasta su última entrega, monumental, de tan difícil gestión y que tuvo que autofinanciar: La memoria rebelde. Sin citar libros de poesía, textos de ensayo, trabajos televisivos y aportaciones sobre el cante jondo. Sin poder recoger sus diatribas y alegaciones, interminables, muchas veces hasta la ronquera, para convencer a la censura franquista, a la que no pocas veces (por habilidad y agotamiento) coló películas peligrosamente revolucionarias.

Te vas pero te quedas, Julio. Es imposible olvidarte y no solo es pasión comunista. Un escritor “normal” (ni siquiera amigo de viaje), Francisco Correal, ha publicado en el Diario de Cádiz una reseña elogiosa, ponderada, minuciosa, que ha denominado Desayuno con Diamante.

Vuela alto, amigo, lo más alto que puedas, porque está bien documentado que no le tienes miedo al vértigo.

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