La emigración es el recurso más antiguo contra la pobrezaDesafío para la democracia y la esperanza

José Mateos Mariscal. Wuppertal (Alemania) 21/09/2020

La presencia de inmigrantes presenta un doble desafío para nuestra sociedad. Desafío a la democracia, a la salud de un sistema que tiene como bandera la igualdad y que no puede alimentarse de injusticias y discriminaciones por razón de etnia o procedencia. Y un desafío a nuestra esperanza de construir un mundo mejor.

La emigración es el recurso más antiguo contra la pobreza. Escoge a aquellos que más ayuda necesitan. Es buena para el país de destino y ayuda a romper el equilibrio que sostiene la pobreza en los países de origen. ¿Qué tipo de perversidad reside en el alma humana que provoca el rechazo de la gente a un bien tan evidente?

Trabajaba de autónomo con mi empresa de estructuras metálicas en España. Como todo se iba para abajo en 2008, también se fue mi empresa y nos quedamos sin trabajo, desahucio tras desahucio. Ya no podía mantener a mi esposa y a mis hijos. Empezamos a hacer cosas que no iban a ninguna parte hasta que se me ocurrió emigrar a Alemania a trabajar en una fábrica de máquinas para la industria cárnica. Nos costó casi un año adaptarnos al nuevo país.

Cuando conseguí mi primer trabajo como soldador me di cuenta de que la realidad era más difícil de lo que había imaginado. Ganaba menos que en España y tenía que trabajar muy duro, pidiendo además ayuda para entender las órdenes del jefe en alemán.

Buscar caminos

Los emigrantes nos enfrentamos con el miedo a la ilegalidad, a la inseguridad en el trabajo y a la supervivencia. Como denominador común y presidiendo todos los temores, el de no saber expresar nuestros deseos y nuestros sentimientos, tanto en el trabajo como en otros órdenes de la vida. El desconocimiento del idioma es para nosotros un problema mayor a la hora de salir y relacionarnos, un problema difícil de resolver en solitario. Se expresa con la palabra fatal la situación de locura que se vive ante la impotencia cuando no se entiende y no se sabe hablar.

A nadie sorprenderá que me identifique e incluso que me sienta cómplice con los exiliados, emigrantes y refugiados que buscan una nueva vida lejos de su lugar de origen. El camarero salvadoreño en un restaurante de Los Ángeles, el tendero paquistaní en el norte de Inglaterra, el albañil senegalés en una obra de París. Yo soy el basurero español en Alemania. Todos merecemos respeto. Cada uno de nosotros ha realizado un viaje personal extraordinario para llegar a donde estamos, cada uno ha contribuido a la reorganización de la humanidad, cada uno es parte implícita de nuestra propia historia.

Muy poca gente abandona sus raíces por gusto. La mayoría nos vemos obligados a convertirnos en emigrantes, refugiados o exiliados por fuerzas que no podemos controlar. Por la pobreza, la represión o las guerras. Nos ponemos en marcha como podemos. Solos, en familia o en grupos. Algunos sabemos adónde vamos y confiamos en que nos espera una vida mejor. Otros se limitan a huir, satisfechos con estar vivos. Muchos no llegan con vida a su destino.

Creo que hay que luchar por lo que uno quiere y buscar caminos porque siempre hay solución.

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