Crónicas del Madrid oscuro

El amor es una cosa rara

Juan Madrid 23/09/2020

A las mujeres hay que tratarlas bien y no insultarlas, ni darles patadas, ni voces. Y menos, un tiro en la boca. Eso, al menos, era lo que nos decía Valentín, que tiene una mujer muy mañosa y aplicada y que sabe de la vida más que nadie.

La mujer de Valentín hace unas tartas y unos borrachuelos que quitan el hipo. Antes de dedicarse a hacer dulces, la mujer de Valentín era ama de casa y se dedicaba a sus labores, pero con esto de la crisis decidió que había que arrimar el hombro.

La historia de la mujer de Valentín es curiosa. Fue monja en un convento de Medina del Campo, ama de casa, camarera del Cabaré Atenas, de Salamanca, y después empresaria. Ingresó en el convento a los diecinueve años y a los treinta y uno vio a Valentín, que era representante de una casa de harinas y pienso que surtía al convento, y se enamoró de él.

El amor fue fulminante, colgó los hábitos, se fue a vivir con él y la excomulgaron, claro. Aún debe seguir excomulgada, pero como solía decir ella, que me quiten lo bailao. La verdad es que el Valentín, de joven, debía ser guapo cantidad; aún ahora, ya carroza, tiene pinta de galán maduro del cine mudo.

Cuando la empresa de piensos quebró y lo pusieron en la calle, su mujer se fue de camarera al Atenas, de Salamanca, pero se cansó de servir copas y de que le pellizcaran el culo y decidió hacer tartas y pasteles y venderlos a los restaurantes y cafeterías de la ciudad. El Valentín se tiraba el día y la noche lamentándose de su suerte, sin dar un palo al agua. Pero a los tres meses su mujer ganaba con los pasteles más de lo que él se llevaba con las harinas y los piensos compuestos.

Yo lo conocí en la plaza del Dos de Mayo en su furgoneta de reparto. Lo que más nos llamaba la atención era cómo su mujer podía seguir enamorada de él.

-Pues no lo sé -solía responder Valentín-, será porque no le pongo los cuernos y no me emborracho.

-Será eso- respondía alguien.

Valentín fue el que me contó la historia de su amiguete el policía Andrés Peláez Rodríguez, que le pegó un tiro en la boca a su mujer. Este hombre era todo lo contrario a Valentín. Era un chulo, se emborrachaba cada dos por tres, y le gustaba fardar de pistolita. Cuando se ponía ciego a cubatas abría las botellas con el cargador de la pipa y se ponía a invitar a todo el mundo. Vivía con una chavala veinte años más joven que él en una roulote en un camping de Fuenlabrada, y no era bien querido por nadie. A la chica que vivía con él le sacudía unas palizas que temblaba el misterio.

Valentín solía hacer el reparto de los pasteles de su mujer por las tardes. Nosotros nos hacíamos los remolones para hablar con él. Queríamos que nos explicara el secreto de su felicidad.

Manolito era el más interesado.

-Vamos a ver, Valentín, ¿cuántas veces cumples? Quiero decir…

-Dejo que ella decida, ¿entiendes?

Se hacía un silencio entre la concurrencia. Valentín seguía:

-No la molesto metiéndola mano ni esas cosas que le joden tanto a las tías casadas. Cuando una mujer le ha echado el diente a un tío y está tranquila, pierde esas urgencias y hay que dejarlas tranquilas. Ellas te avisan; vamos que te das cuenta.

-¿Y canta por las mañanas? -preguntaba el amigo de Manolito. Valentín no respondió y Manolito, decía:

-No puedo creerlo, no te da el coñazo.

-A lo mejor es porque trabaja -opinaba Leo, el jubilado de Correos-. He oído decir que las mujeres que trabajan son diferentes.

-Qué bien vives, Valentín, tío -añadía Manolito-. Y encima te estás forrando.

-¿Y te deja ir a tomar copas por ahí? -preguntaba el amigo de Manolito.

-Ella misma me lo dice, señala la puerta me dice: anda, Valentín, vete con tus amigos.

-¡No puedo creerlo! -exclamaba el jubilado de Correos-. ¿Y si llegas tarde?

-Vuelvo a la hora que quiero, pero sin emborracharme, a las mujeres le joden los borrachos. Eso lo sabéis, ¿verdad?

Todos asentimos en silencio.

Sin embargo, el policía Andrés Peláez Rodríguez, amigo de Valentín, no quería que su chica trabajara, la tenía encerrada en lo roulote todo el día y encima estaba muerto de celos. Si no le sonreía como él creía que le debía sonreír, se cabreaba y si no se mostraba alegre y dicharachera como él creía que debía de mostrarse una chica enamorada, se cabreaba aún más. El poli pensaba que no lo quería y se emborrachaba. Llegaba castaña a la roulote y le hacía la vida imposible a la chica con sus celos.

-Y lo que pasa -seguía Valentín-, bebía y era un chulo y la engañaba con cualquiera, pensando que ella también le engañaba. Su vida se convirtió en un infierno.
Intervino Manolito.

-Pero llevaba pistola y licencia para utilizarla. Porque, un suponer, un día te cabreas con tu señora y le tiras el diccionario a la cabeza y ella un zapato, por ejemplo, pero no le pegas un tiro.

-El poli estuvo bebiendo esa tarde como un cosaco -nos contó Valentín- y lo vieron tontear con unas cuantas chicas, castaña perdido, en una discoteca del barrio. Luego esperó a su mujer que iba a ir a buscarlo en el coche y le pegó un tiro en la boca. La mató en el acto.

Valentín se marchó a continuar el reparto y Manolito salió del bar y lo agarró del hombro.

-Oye, Valentín, tío, no me has dicho si tu mujer canta por las mañanas.

-No, ella no canta. Quien canta por las mañanas soy yo -respondió Valentín.

Publicado en el Nº 337 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2020

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