La Retranca

Monarquía republicana y republicanismo monárquico Felipe González y Juan Carlos I eran pareja de hecho desde 1974 y se convirtieron en matrimonio en 1976. Este año González declara: "Prefiero una monarquía republicana como la que tenemos que una republiqueta"

Dolores de Redondo 24/09/2020

En octubre de 2019, Julio Anguita advertía en un artículo que estaba en marcha la segunda fase de la restauración monárquica que comenzó tras la muerte del dictador. Y añadía que, en función de ese objetivo, se estaba preparando a la opinión pública para venderle el Reino de España como una “república coronada”, oxímoron que Anguita calificaba como “un original y novedoso producto de síntesis onírica y delirante”. Un año después de aquel artículo titulado Felipe VI, el republicano, setenta exministros y altos cargos de PSOE y PP han firmado un manifiesto en defensa del reinado de Juan Carlos I, y uno de sus firmantes, el exvicepresidente Alfonso Guerra, ha declarado que no tiene sentido la contraposición de monarquía y república porque nuestra monarquía parlamentaria es una “república coronada”.

En febrero de este mismo año, el expresidente del Gobierno Felipe González ya había declarado que "nunca fui monárquico y a la altura en la que estamos no lo seré pero prefiero una monarquía republicana como la que tenemos que una republiqueta". Y, más recientemente, pidió "respeto a la presunción de inocencia" de un rey emérito que, según el expresidente, "tuvo un comportamiento constitucional antes de que hubiera Constitución". Pero aún fue más allá. En una entrevista de TVE concedida en julio, afirmaba que todo lo relacionado con el Borbón se trata de "una campaña que me afecta a mí, al régimen del 78". Una frase con un importante mensaje implícito: más allá de identificarse con el régimen del 78 significa reconocer, por fin, que la figura del rey y la suya están unidas desde y para siempre en la riqueza y en la riqueza (no es una errata), en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte les separe.

Ya eran pareja de hecho cuando en 1974 los servicios secretos de Carrero Blanco facilitaron a determinados delegados los pasaportes para asistir al Congreso del PSOE en Suresnes, donde González fue elegido secretario general. Y se convirtieron en matrimonio en diciembre de 1976, a seis meses de las primeras elecciones, cuando el PSOE “clandestino” celebró en Madrid su XXVII Congreso con autorización gubernativa y con la presencia de personalidades de relevancia mundial, entre ellos el presidente de la Internacional Socialista, el alemán Wllly Brandt, principal garante de la financiación del PSOE a través de la Fundación Friedrich Ebert, que aprovechó su estancia en Madrid para entrevistarse con el rey Juan Carlos. Dos meses después, medios como Washington Post, New York Times y CBS informaron que Brandt figuraba en la nómina de la CIA y recibía fondos del espionaje estadounidense. Poco después, el estallido del caso Flick en Alemania -el mayor escándalo de corrupción de su historia- dejaría al descubierto la financiación del PSOE con millones recibidos del empresario nazi Friedrich Karl Flick a través de la fundación Friedrich Ebert. González sentenció: “No he recibido ni un duro, ni una peseta, ni de Flick ni de Flock”.

El mejor resumen del XXVIII Congreso del PSOE, celebrado en mayo de 1979, es la fotografía de los sevillanos Alfonso Guerra y Felipe González abandonando el Palacio de Congresos tras haber renunciado a la dirección de su partido. González dimitía tras haber quedado en minoría su propuesta de apostatar oficialmente del marxismo y pronunciaba una de sus frases más famosas: “Hay que ser socialistas antes que marxistas”. Tan solo cuatro meses después, el partido celebró un Congreso Extraordinario convocado por una gestora. Entonces la fontanería de Guerra se puso en marcha, el PSOE abandonó definitivamente los postulados marxistas y González fue reelegido Secretario General. Después vendrían la “reconversión industrial”, los GAL, el Sí a la OTAN o la ratificación del tratado de Maastrich, entre otros regalos de pareja.

Es ya una tradición del socioliberalismo hispánico reconocerse republicano antes de cantar las excelencias de la monarquía. Primero se declaraban juancarlistas porque el Borbón daba prestigio a la institución. Ahora defienden su presunción de inocencia y tratan de convencer al personal de que una conducta irregular compromete a su responsable, no a la institución. En fin.

— Y digo yo... ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

Publicado en el Nº 337 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2020

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