Esperando a los bárbaros

La nueva normalidad era esto Ya estamos tardando en organizarnos para conseguir “otra” normalidad, en un momento de erupción fascista en que los comunistas somos más necesarios que nunca.

Felipe Alcaraz Masats 24/09/2020

Se podría empezar el texto correspondiente a través de una cita (hecha de memoria) de Paul Nizan: Tengo 20 años, pero que nadie diga a partir de ahora que es la edad más hermosa de la vida. Una frase de la que Nizan colgó una novela increíble y nosotros podemos colgar una pandemia.

En mes y medio se han producido 500 fallecimientos y, entre otras cosas, ha fallecido también un cierto liderazgo político a la hora de combatir la pandemia y, puesto que se hacía en serio, se combatía poniendo siempre por delante de la economía la salud pública y la vida de los más (como se dice ahora) “vulnerables”. ¿Cuándo se jodió la cosa? Todo empezó cediendo por aquí, pienso.

De pronto, tras una noche mal dormida, preñada de pesadillas, al despertarnos, hemos comprobado con horror que nos hemos convertido en un enorme insecto. O en una rata. “Qué había pasado, se preguntó Gregor Samsa”.

El problema de fondo es que no tenemos que echar de menos ni a Kafka ni a Juan Antonio Bardem ni a Berlanga. Los estamos viviendo a cada hora, en el haz o el revés de cada noticia, en los comentarios que se hacen en la cola de la frutería, la pescadería o el cajero automático.

El caso es que se ha malbaratado aquella épica irrepetible, aquella enorme movilización a la inversa del confinamiento. De una parte, la enorme presión del lobby del ocio nocturno y turístico, y de otra una cierta operación de centrifugado que nos ha dejado a los pies de los caballos de muchos dirigentes, sobre todo de la derecha, que no saben qué hacer con las competencias autonómicas, sino convertirlas en negocio.

El caso es que, de cara al Otoño, no sabemos cómo se van a combinar las epidemias clásicas de gripe y neumonía con el posmoderno virus coronado. Y también no es menor el caso de la enseñanza, en absoluto programada, en absoluto financiada, en absoluto segura para los viejos, pensando en el abrazo infantil a sus abuelos a la vuelta de colegios con insuficiente distancia social.

“Que había pasado”, se preguntó el personaje de La Metamorfosis, y empezó a sumar variantes de la misma tristeza: el ataque desaforado sin respuesta ni reflexión cultural a Pablo Iglesias, que ha llegado a superar los ataques asqueantes a Julio Anguita, sin que nadie se atreva a hablar todavía, excepto cierto partido y cierto hastag saludable de Twitter, de que estamos ante un proyecto fascista que se ejerce proporcionalmente, pero se ejerce, y ya sin disimulo. El ataque burocrático a la extensión del llamada Ingreso Mínimo Vital, que solo afecta a partir de los 23 años y solo se consigue si se logra superar, junto a Ariadna (aún esquiva) el laberinto de los trámites infinitos. La descomposición de los poderes autonómicos (necesarios: hablamos del Estado) ante el lobby de los negocios nocturnos, del “descabreo” salvaje de una juventud sin horizonte, y del turismo sin valores, ni añadidos ni importados. El déficit absoluto de memoria histórica, incluida la memoria democrática de la heroicidad de los sanitarios, a algunos de los cuales hemos visto llorar y, lo que es más grave, volveremos a ver llorando, y volveremos a olvidar tranquilamente. Las nuevas transversalidades centristas que se prevén para el reparto de los fondos provenientes de la Unión Europea (es decir, de nuestros bolsillos), que convertirán la recuperación en un camino de espinas. La constatación diaria de que la organización participada de la respuesta alternativa ya no está de moda, esperando, en todo caso, que se haga una excepción meditada y amplia en contra del estiércol monárquico y la putrefacción del régimen del 78, que también son parte definitoria de esta nueva normalidad, que necesita sin duda una avenida constituyente.

En fin, solo nos ayudan a seguir las pintadas en los muros, como una que vi en Granada no hace mucho, sobre la cal soleada: “Detrás de este mogollón está la revolución”. Y en eso estamos, pienso, en esa lucha, porque si no es aceptable la llamada “nueva normalidad”, ya estamos tardando en organizarnos para conseguir “otra” normalidad, en un momento de erupción fascista en que los comunistas somos más necesarios que nunca.

Publicado en el Nº 337 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2020

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