La perversión de la utopía. El asesinato de Trostki en agosto de 1940 Si Stalin había logrado acorralar a Trostki y despojarlo de seguidores y de peso político, ¿para qué ordenar su asesinato?

Leonardo Padura. (*) 30/09/2020

En enero de 1913, Liev Davídovich Trostki y Joseph Stalin se encontraron por primera vez. El cruce de los dos personajes que protagonizarían una de las más tremendas pugnas políticas dentro de la izquierda del siglo XX ocurrió en Viena y en esa ocasión también estuvo presente Nikolai Bujarin. Como muchos otros revolucionarios rusos, vivían en un exilio político que solo terminaría en 1917, cuando el régimen zarista entró en la convulsión política que culminaría con la Revolución de Octubre y el gran momento revolucionario de Trostki.

Se cuenta que entre el conspirador Stalin y el intelectual Bujarin hubo una cierta cordialidad y que, durante esos días, el segundo incluso ayudaría al futuro Secretario General a encontrar en librerías la bibliografía que necesitaba para la redacción de su ensayo sobre las nacionalidades.

Hay testimonios, también, de la relación entre Trotski y Stalin que, en cambio, no comenzó del mejor modo. Unos meses antes, el intelectual cosmopolita y militante heterodoxo Trotski había tenido un choque con el desconocido Stalin a partir de un artículo suyo publicado en Pravda, el periódico del partido. Al georgiano el texto le había parecido una payasada, en tanto intento de demostración de la falsa política conciliatoria entre revolucionarios bolcheviques y mencheviques que Liev Davídovich propugnaba, un ataque al que Trostki respondió calificándolo como uno más de esa “… gente obtusa y retrasada de la que se rodea Lenin”.

Con aquel antecedente no es raro que a Stalin el intelectual Trotski le haya parecido un tipo engreído y despreciativo (“titiritero chismoso de músculos flojos”), mientras que a Trotski, que apenas reparó en el otro (tipo obtuso y retrasado para sus cánones), lo que más le impresionó -y se llevó como recuerdo del encuentro- fue el color amarillo de los ojos del rudo Stalin. Ojos de serpiente, diría alguna vez.

Según Manuel Vázquez Montalbán, de quien rescaté esta historia, la incapacidad de Trotski para valorar la fuerza y las capacidades de Stalin fue una muestra más (y muy grave) de “la torpeza estratégica que marcó toda su vida”. De la torpeza estratégica -puedo agregar- que, con una serie de decisiones desatinadas, lo llevó a perder la gran batalla política que se desata tras la muerte de Lenin (1924) y que, ya derrotado políticamente y marginado en todos los órdenes de la esfera pública, le costaría la vida al fundador del Ejército Rojo.

Entre aquel encuentro vienés de 1913, cargado de malas vibraciones, y el 20 de agosto de 1940, cuando Trotski recibe el golpe del piolet estalinista que le propina el comunista español Ramón Mercader, alias Jacques Mornard, alias Frank Jacson, ocurrieron varios de los procesos históricos que marcaron los rumbos políticos del siglo XX y que van de la Primera a la Segunda Guerra Mundial, con Revolución de Octubre y surgimiento del estado de proletarios y campesinos de la URSS incluidos. Y va, sobre todo, el ascenso y posible concreción de la gran utopía igualitaria que desde la antigüedad clásica había soñado la humanidad y, en pocos años, la marca trágica e indeleble de su perversión, que llega al punto de no retorno.

Stalin se deshace de casi toda la vieja guardia del partido

El asesinato del marginado Trotski en Coyoacán, México, en agosto de 1940, ordenado por el poderoso Joseph Stalin, adquiere entonces un carácter más simbólico que político o de buscados efectos prácticos. Y tiene como razón principal más que una urgencia, también de carácter político, una necesidad personal de un hombre enfermo de odio y crueldad como sin duda fue Joseph Stalin.

Desde que en la segunda mitad de la década de 1920, utilizando su puesto como Secretario General, Stalin emprende su gran batalla para defenestrar a Trotski y sacarlo de las esferas del poder soviético, se acumulan los hitos que marcarían la pérdida de peso político real de Liev Davídovich. Comenzando con la expulsión de Trostki del Comité Central y del propio partido y llegando a su destierro, iniciado en 1929, Stalin alcanza sobre las espaldas de Trostki y de otros antiguos líderes bolcheviques (Zinoviev, Kamenev, el propio Bujarin) el más importante escalón de su ascenso: la posibilidad de gobernar la URSS sin grandes adversarios o competidores a su alrededor. El poder más absoluto.

Sin embargo, este proceso de defenestración y persecución no se detiene con la salida de Trotski de la URSS. La furia continúa con la eliminación de cualquier elemento de simpatía o cercanía con el pensamiento de Trotski a lo largo de la década de 1930 y alcanzaría su culminación con los infames procesos de Moscú iniciados en 1936, con los que Stalin se deshace de casi toda la vieja guardia del partido e, incluso, de la mayor parte de los altos mandos del Ejército Rojo justo en los días en que más evidente resulta que una nueva guerra amenazaba a la URSS y al mundo. En esos años la peor acusación que podía recibir alguna persona considerada un enemigo de la Revolución y de la URSS era la de ser, precisamente, un trotskista.

Pero la furia de Stalin fue incluso más allá, sobre la familia de Trotski, cuyos hijos, más o menos cercanos a la postura política del padre, van cayendo uno tras otro, incluso lejos de la URSS.

A pesar de esos golpes, o justamente por ellos, en su exilio de once años Trotski mantiene su actividad política, que tiene un carácter importante: su capacidad de entender, analizar y criticar las diferentes estrategias estalinistas, desde las económicas hasta las políticas, que pasan por encrucijadas tan importantes como (entra otras muchas, incluida la manipulación del bando republicano durante la guerra civil española) los procesos de colectivización de la tierra que dejaron millones de muertos en toda la URSS, el papel de Stalin en el ascenso electoral del Partido Nacional Socialista de Hitler en Alemania y la firma del terrible pacto Molotov-Ribbentrop.

El carácter simbólico del golpe de piolet

Quizás fue precisamente la capacidad crítica de Trotski (empeñado en esos tiempos en la escritura de una biografía de Stalin) lo que decidió en 1940 su eliminación física, planificada desde varios años antes. Para ese momento el peso político real del desterrado se reducía al poder de su pluma, el único que le quedaba. A lo largo de su exilio la posibilidad de Trotski de crear una fuerza política con verdadera proyección e influencia prácticamente había desaparecido, como lo demostraría, al final, la maltrecha IV Internacional que fundó en 1938 con unos pocos simpatizantes y demasiados desacuerdos.

Si Stalin había logrado acorralar a su enemigo número 1, despojarlo de seguidores y de peso político, ¿para qué ordenar su asesinato?

La muerte del revolucionario, hace ahora ochenta años, era para Stalin una necesidad orgánica y, a la vez, encarnaba un acto lleno de simbolismo: nadie podía oponerse a su poder. Pero justo ese carácter simbólico fue el que actuó en contra del Secretario General al ordenar y perpetrar el crimen. Reveló, con un golpe de piolet, sus reales dimensiones humanas, políticas e ideológicas, los modos en que había operado desde siempre: eliminando enemigos, provocando miedo, alentando la traición y la delación. Así actuó y el crimen de Coyoacán retrató por dentro y por fuera al hombre que se erigía como el gran líder y conductor de la clase obrera, del movimiento comunista internacional que luchaba por la sociedad más justa, el mundo de los iguales.

El Trotski marginado y sin poder que muere en 1940 se convierte, desde entonces, en la representación más acabada de lo que significó el estalinismo y los modos en que había pervertido los principios y realizaciones del proceso utópico iniciado en 1917. Las manchas de su historia personal (sus intransigencias, sus veleidades o el episodio de Kronstadt) tienden a borrarse mientras su figura comenzó a crecer hasta revelarse para muchos revolucionarios como la alternativa posible ante la degradación ideológica que había ejecutado aquel oscuro conspirador georgiano de ojos amarillos. El hombre que tenía ojos de serpiente.

---

(*) Escritor cubano. Premio Nacional de Literatura en 2012 y Premio de la Crítica en 2011 por su novela El hombre que amaba a los perros, en torno al asesinato de Trostki y el estalinismo.

Publicado en el Nº 337 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2020

En esta sección

Presentación del libro 'Los otros camaradas. El PCE en los orígenes del franquismo (1939-1945)'Segunda edición del libro 'El TOP. La represión de la libertad (1963-1977)'Presentación del libro de Esteban Hernández "Así empieza todo. La guerra oculta del siglo XXI"Esperando al Ejército RojoEdmon Hamilton, la ciencia ficción narrada con sencillez magistral

Del autor/a

La perversión de la utopía. El asesinato de Trostki en agosto de 1940