Eduardo Castro y ‘El burro del cardenal’

Felipe Alcaraz Masats 02/10/2020

El burro del cardenalEduardo CastroPublicaciones de la Academia de Buenas Letras de Granada. Mirto Academia. Editorial Alhulia

Eduardo Castro representa, de alguna manera, la paciencia del narrador de fondo, como puede indicar la versión definitiva de El burro del Cardenal, que acaba de publicar la Academia de Buenas Letras de Granada. Es un autor, novelista y poeta, sin prisa, que escribe desde el pescante de una diligencia, aunque últimamente se ha modernizado bastante y recorre la Alpujarra en caballos de vapor, y a este son de Castro hay que adaptarse si de verdad se quiere conocer este espacio mitológico que, por ejemplo, envuelve su novela.

El burro del Cardenal, en su primera versión, se publicó allá por el año 2003, y ahora, muchos años después, se publica la versión definitiva, en la que se han incorporado no pocas “teselas” a su estructura simultánea y a contrapunto, que lo mismo puede entenderse como un conjunto de relatos que como una novela, tal como dice en su prólogo el profesor Sánchez Trigueros, sobre todo teniendo en cuenta las formas que ha ido adoptando el “género”. Es, en todo caso, una novela que da la vuelta sobre sí misma y ni se sabe dónde empieza ni donde termina; o dicho de otra manera: empieza en todos los sitios, lo mismo que termina, recogiendo el eco interminable de los cuentos que se explayan a la luz de una hoguera. No en vano Castro es un autor literario y antropológico a un tiempo, tranquilo, hemos dicho, que no deja de ajustar a lo largo de los años su prosa tallada en piedra como un monumento a la sindéresis y al equilibrio.

Nació Castro en 1948 en Torrenueva (Granada) y es autor de alguna novela notable, como por ejemplo La mala conciencia (1978), premiada por la Universidad de Granada. Periodista de casta y clase durante muchos años, en letra impresa e imagen televisiva. En su haber están posiblemente las mejores entrevistas culturales de la época, entre ellas las que le hizo a Javier Egea, con quien integraba, en los años de la mala conciencia, la famosa célula Gramsci, a la que también pertenecía el mejor y más desconocido marxista de la nación: Juan Carlos Rodríguez.

Y aquí tenemos ahora en letra impresa a alguien que se hace llamar y viste de Cardenal, pero no lo es, y a un burro que no lo es tanto, y que para nada se parece a Platero. Un libro que recomiendo, excepcional, si se piensa que está escrito en la época del estrés y la histeria de mercado. Un libro de lucha antropológica y también política, de la época en que el enemigo tenía nombre y carne mortal en forma de cacique. Y el revolucionario batallaba desde la correlación antropológica de fuerzas, sin perder el norte de la propia esencia del poder, como nos dice al final de la obra el Cardenal: “el principio sagrado de que la Revolución no necesita para nada héroes muertos, sino brazos sanos..., siempre dispuestos a continuar sin desmayo la pelea hasta el final”.

Publicado en el Nº 337 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2020

En esta sección

Cien años de comunismo iberoamericanoEl lamento del mafiosoLibro: 'La primavera antifranquista. Lucha obrera y democrática en El Bierzo y Laciana (1962-1971)'Pilar Bardem, siempre eterna en RivasKuba se defiende sola

Del autor/a

Salvemos DoñanaPostnormalidadCuba, no estás solaJosé Manuel Caballero Bonald, poeta insobornable y compañero de luchaExiste el amor centenario