Clave de sol

Danzad, danzad malditos Si el sistema no se sostiene ¿por qué no es evidente para todos que hay que dar un giro de 180 grados al sistema económico?

Sol Sánchez Maroto 05/10/2020

Las metáforas siempre han sido potentes instrumentos para pensar cosas nuevas de forma accesible. Cuando debemos comprender situaciones o realidades inéditas y complejas a las que no nos hemos enfrentado antes, la metáfora es un atajo que permite poner lo ya sabido al servicio del conocimiento de lo nuevo. Una de esas buenas metáforas, desde mi punto de vista, es la que utilizó Karl Polanyi en La gran transformación; “el molino satánico” cuando para condensar los cambios que el avance de la economía de mercado y la mercantilización de todas las relaciones y ámbitos de la vida habían ido produciendo en las sociedades modernas, en las cuales hasta la naturaleza y la propia vida se ponen al servicio de (y hasta se convierten en) la producción de mercancías y servicios.

Si describir el sistema en el que estamos como un “molino satánico” ha sido pertinente en algún momento desde que se publicó el libro de Polanyi en 1944, creo que sin duda ese momento es ahora. Con la pandemia de Covid-19 está quedando terroríficamente patente la irracionalidad de un sistema que como la rueda de un molino no puede dejar de rodar con su propia lógica, aunque eso tenga costes directos en vidas humanas.

En sociedades anteriores se entendía que la economía estaba imbricada en el resto de relaciones e interacciones sociales, no era una esfera separada de todo lo demás como hace tiempo que se nos impone desde el pensamiento único reinante, donde lo político está irremediablemente a su servicio. Se entendía que lo económico no son más que las relaciones que los seres humanos establecemos con otros seres humanos y con el medio del que formamos parte para satisfacer nuestras necesidades, y sí, por supuesto, las necesidades humanas evolucionan con las propias sociedades pero dentro de los márgenes que nos definen a todos como especie. Una de ellas es contar con un medio físico en el que poder sobrevivir, por tan solo poner un ejemplo de algo que en este momento “el molino satánico” amenaza seriamente con destruir para no frenar su imparable movimiento.

Era y es previsible que sin desaparecer un virus y sin poseer una vacuna eficaz las cosas no se solucionarían, pero si la rueda del molino deja de girar los daños serán aún mayores porque la pobreza mata (y de hecho los virus como este y las enfermedades en general también se ceban con los más pobres y vulnerables) y el sistema no se sostiene ni unas tristes semanas sin generar miles de millones de pérdidas y la destrucción de cientos de miles de puestos de trabajo, así que la pregunta obvia es ¿por qué no es evidente para todos que hay que dar un giro de 180 grados al sistema económico?

Al igual que las metáforas, las imágenes tienen una gran potencia para fijarse en nuestras mentes y crear nuestros imaginarios prácticamente sin pasar filtros. Eso suele pasar con lo que los medios de comunicación nos enseñan sobre realidades lejanas. A veces también sobre las cercanas. A lo largo de las semanas que duró el estado de alarma y el confinamiento una abrumadora mayoría de piezas y reportajes nos mostraban casas y familias de clase media, con habitaciones individuales para cada miembro, con balcones y terrazas desde las que salir a las ocho a aplaudir a los sanitarios. ¿Esas eran las condiciones de confinamiento de la mayoría social?

¿Dónde estamos ahora? Permítanme recurrir tanto a una imagen (cinematográfica) como a una metáfora todo en uno: en 1969 Sydney Pollack realizó una película que en nuestro país se tituló “Danzad, danzad, malditos”, en ella se narraba con extrema crudeza como gentes de la más diversa condición, desesperadas en mitad de la gran depresión acudían a un maratón de baile, en busca no ya de ganar el premio en metálico, sino de obtener refugio y sustento mientras duraba el concurso, un espectáculo desgarrador e inhumano en el que algunos incluso llegaban a morir en la pista de pura extenuación y agotamiento. Pues ahí estamos: cogiendo el metro, acudiendo a nuestros puestos de trabajo, mientras el molino sigue girando y nos grita ¡danzad, danzad, malditos!

Publicado en el Nº 337 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2020

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