El tren de la memoria

Las comunas de Carabanchel “Allí se come, se estudia, se discute y se aprende”, escribía Víctor Díaz-Cardiel. Todo se ponía en común y se repartía. Se apacigua el hambre pero también se alimentan los sueños y el orgullo.

Mariano Asenjo Pajares 05/10/2020

“La lección es siempre una sola:
lanzarse de cabeza y saber aguantar el castigo”
Cesare Pavese

En esta sección llamada ‘El Tren de la memoria’ un asunto nos lleva a otro, es como si estuviésemos realizando una gran cadena de aconteceres del pasado, ellos solos se buscan y se dan la mano. En absoluto es algo planeado, ocurre y ya está. Así, en la anterior entrega sobre Tranquilino Sánchez, fue la búsqueda de información la que nos condujo hasta una ficha de la ‘Federación Estatal del Foro por la Memoria’. El título de este documento es “Carabanchel: el Chabolo de la 3ª galería”, firmado por José Antonio de Mingo. Llama la atención la foto en la que aparecen tres personas: Macario Barjas, Maher al Sharif y Tranquilino Sánchez en la Cárcel de Carabanchel (1972). La fotografía pertenece al ‘Fondo Jóvenes en Libertad’, del Archivo de Historia del Trabajo, Fundación 1º de Mayo.

La ficha mencionada nos aporta una básica aproximación de contexto: “Estas personas son presos políticos, por eso están en la 3ª galería, en una celda (chabolo) conocido como “la comuna”, allí “se come, se estudia, se discute y se aprende”. Al respecto, Víctor Díaz-Cardiel, militante del Partido Comunista de España, escribe en ‘Algunos recuerdos de mis cuatro estancias en la cárcel de Carabanchel’, que van desde 1966 a 1976: “Los presos políticos estábamos organizados en lo que llamábamos ‘comuna’. Cada grupo o ‘comuna’ tenía una ‘madre’ que se encargaba de distribuir todo cuanto se entregaba en el común: peculio, paquetes… y paciencia (las tres p del preso)”.

En efecto, para el funcionamiento y administración de la ‘comuna’, se utilizaba un fondo común al que los presos aportan su “peculio”, un fondo del que todas las semanas se extraían pequeñas cantidades para gastos comunes y habituales (tabaco, vino, cine, sellos, cartas y material de oficina, papel higiénico o productos de limpieza), repartidos igualitariamente entre todos. También se ponían en común los paquetes que recibían cada uno de los miembros. La ‘madre’, asimismo, hacía las veces de portavoz de cara a los funcionarios (jefe de Servicios, de Galería o de Centro) y la dirección de la cárcel. Cada vez que se producía un cambio en la designación del cargo, aquel que salía explicaba al que entraba sus funciones y responsabilidades, le trasladaba las hojas con las cuentas, así como los contactos para conseguir objetos y otros recursos dentro del recinto carcelario.

Las comunas tenían una existencia legal -en el sentido de ser aceptadas por la dirección de la cárcel- y eran un elemento importantísimo de convivencia y unidad práctica de los presos de todas las tendencias. No obstante, teniendo tanto peso los partidos sobre la organización de las comunas, los presos tendían a discutir según su pertenencia, de tal forma que en ocasiones se perdía el carácter unitario. Todas estas tensiones obligaban a largas reuniones de discusión. Veámos el testimonio de un ex-preso recogido por Mario Martínez Zauner para su magnífica tesis doctoral “La Comuna” de los presos: memorias de la resistencia en el tardofranquismo: “Recuerdo que había varias comunas: la de CCOO y el PCE, la más numerosa y organizada, con unos 45 miembros; la de ETA con 15 miembros; una tercera formada por 2 o 3 socialistas, 4 anarquistas y 2 prochinos. El equilibrio ahí era muy difícil, en lo político y en lo personal. Había buenas relaciones entre CCOO, ETA y PCE, sobre todo una total unanimidad ante el proceso de Burgos, cuando ETA se lanza a una huelga de hambre y los demás presos se solidarizan con plantes y silencios”.

Las celdas que hacían las veces de comedores igualmente se utilizaban como aulas. Una vez que se quitaban los platos y se hacía la limpieza era el momento en que aparecían los libros, bien de historia o de francés y, por supuesto, no podían faltar los de economía… Quien tenía algo que aportar o enseñar aquel era su momento y lugar. Por citar algunos nombres, Nicolás Sartorius daba clases de marxismo, Paco García Salve se ocupaba del movimiento obrero, Pérez Zapico enseñaba francés, etc,. ¡La universidad de Carabanchel!

En la ficha de la ‘Federación Estatal del Foro por la Memoria’, aludida al principio de estas notas, podemos leer también: “En esa celda habilitada con mesas se come el rancho que se mejora con los paquetes de comida que traen las familias y organizaciones como Mujeres Democráticas para sus presos, se apacigua el hambre pero se alimentan los sueños y también el orgullo”.

Publicado en el Nº 337 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2020

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