La Retranca

Los héroes oficiales y los héroes ilegales La heroicidad silenciosa clama justicia desde las cunetas y los paredones

Dolores de Redondo 23/10/2020

Cantaba Mario Benedetti que en su país los héroes “no pueden ser nombrados en voz alta / ni abrazados por una bandera / ni siquiera aludidos por el llanto / sencillamente no han sido autorizados / a existir como cadáveres / y menos aún / como cadáveres reverberantes”. Lamentablemente, todos aquellos países que hemos sufrido las garras de las dictaduras militares o el fascismo compartimos esa heroicidad silenciosa, que en nuestro caso aún clama justicia desde las cunetas y los paredones.

Cuarenta y cinco años después de la flebitis liberadora, hablar de memoria democrática levanta asperezas, escozores y sarpullidos. Entonces emergen las momias oficiales de la Transición para recordar el sacrosanto período, elevarlo a los altares y purificar la más mínima crítica en públicos autos de fe. Y, por supuesto, lo hacen agitando los peligros del marxismo y el separatismo, archienemigos de España tanta veces mencionados antaño desde las sacristías, los consejos de guerra y los consejos de redacción.

Los héroes oficiales de la Transacción, también conocida como Transición, aparecen en los libros de historia y muchos de ellos hicieron caja con la democracia, demostrando el milagro de llegar a millonarios con el salario institucional. Porque la heroicidad oficial siempre ha tenido un buen precio. Se educaron en los valores del Movimiento Nacional y, por tanto, en el anticomunismo. Pero la modernidad consistía en cambiarlo todo sin cambiar nada. Necesitaban para ello de la legitimidad que otorgaban los y las comunistas; aquellos que consideran que su sistema es democrático si en él participan comunistas, pero dejará de serlo si alguna vez alcanzan realmente el poder. Para ello se encargaron de tomar algunas medidas preventivas; como un sistema electoral que garantizase la subrepresentación institucional del PCE e IU, y el uso torticero de los medios de desinformación masiva.

Fue tal la continuidad formal del Régimen, que las monedas con la efigie del dictador y aquel dramático lema de Francisco Franco caudillo de España por la gracia de Dios, llegaron a circular oficialmente hasta la entrada del euro, a pesar de las reiteradas iniciativas parlamentarias de varios grupos, entre ellos el de IU. ¿Qué tipo de democracia es aquella que mantiene la moneda acuñada por un dictador genocida más de veinte años después de su muerte? De no ser por el establecimiento del euro, algunos diputados actuales pagarían ufanos el cafelito en el Congreso con monedas de su admirado carnicero.

Dice la derechona que atizamos la memoria histórica para retornar a la tristeza de los vencedores y vencidos, poniendo fin a la España de la Transición. Qué cinismo, cuando los héroes oficiales han tenido décadas de honores, mientras los y las comunistas hemos sido ultrajados, vilipendiados, perseguidos, torturados y asesinados por luchar contra la dictadura y por la instauración de la democracia. Alto y claro: los auténticos héroes son las trece Rosas; Gómez Gayoso y Antonio Seoane; Isidoro Diéguez y Jesús Larrañaga, Casto García Roza; Agustín Zoroa; Julián Grimau; Enrique Valdelvira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez Leal; y cientos de comunistas asesinados por su lucha y su compromiso. Héroe era Marcos Ana, que pasó 22 años consecutivos en las prisiones franquistas, y miles de sus camaradas que llenaron las prisiones por el mismo motivo o fueron torturados sin haber cometido más crimen que creer en la justicia social. Y, por supuesto, también son héroes los muertos de Vitoria, las víctimas de Montejurra, Arturo Ruiz, Mariluz Nájera, las seiscientas víctimas mortales de la “modélica” Transición y las miles de personas detenidas, torturadas y asesinadas por el franquismo.

Para los y las comunistas es muy importante la memoria, también para las que militamos desde los catorce años... ¿o me falla la memoria? Necesitamos, de una vez por todas, una Ley de Memoria Democrática digna de tal nombre. Es lo mínimo en el segundo país del mundo con mayor número de personas desaparecidas por la represión política. Se conseguirá porque, como finalizaba el poema de Benedetti: ¿quién podrá evitar / que desde su inexpugnable clandestinidad / esos muertos ilegales conspiren?

— Y digo yo... ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

Publicado en el Nº 338 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2020

En esta sección

El Diego, historia de un antihéroeMigrar no es fácil, es un camino largo y tortuosoOportunidades en la crisisLenin Moreno en la Revolución ciudadana (1)La derecha lucha por su clase. ¿Y la izquierda?

Del autor/a

Los héroes oficiales y los héroes ilegalesMonarquía republicana y republicanismo monárquicoLa reacción monárquica (II)La reacción monárquica (I)Integristas, fundamentalistas y fachas en tiempos de pandemia