Esperando a los bárbaros

Los pobres Cuando los pobres descubran su gran tesoro: que el poder real reside en esos “menos”, esos “nadie”, esos “tiesos”, que son muchos…. no tendrán vicepresidentes aguados

Felipe Alcaraz Masats 23/10/2020

Los pobres son muchos
y por eso
es imposible olvidarlos.

Pueden
destruir el aire como aves
[furiosas,
nublar el sol.

Pero desconociendo sus
[tesoros
entran y salen por espejos de
[sangre;
caminan y mueren despacio.


Nos dijo el poeta hondureño Roberto Sosa en un poema inolvidable.

Y en Madrid hay pobres, muchos pobres, inolvidables, que mueren despacio durando lo que pueden durar en un mundo siempre hostil para ellos.

Ahora, un vicepresidente aguado al uso del neoliberalismo de la vida cotidiana, se dirige a ellos y les interpela: O sois virus o sois vacuna, así que tenéis que elegir. Y se queda tan tranquilo.

Si un pobre, para poder trabajar precariamente y comer de manera correspondiente sube a diario a un metro lleno de gente que se aprieta (y que no tiene fuerzas para sonreír con los ojos), ese pobre es virus. Si se sube a un cercanías, donde no puede alejarse de nadie, también es virus. Si un pobre, por ejemplo, va al médico (que se ha convertido en el hombre invisible) y encuentra en la puerta un cartelito que dice “de ocho médicos somos tres”, ese pobre indudablemente es virus. Si a un pobre le hacen la prueba metiéndole la escobilla por la nariz (duele más de lo que parece) y no recibe en ocho días los resultados, ese pobre es virus igualmente. Si un pobre vive en 40 metros cuadrados con su familia y le dicen que debe aislarse (mujer y dos hijos, más la abuela), no cabe duda de que eso pobre es virus. Si un pobre tiene la vivienda en zona confinada y aparca en zona no confinada, cada vez que va a coger el coche ese pobre (hay pobres con coche) es virus, qué duda cabe. Si un pobre, del servicio doméstico, circula con un salvoconducto caducado de la gran señora de un piso de Salamanca, ese pobre, o esa pobre en este caso (hemos dicho del servicio doméstico), es virus. Si un pobre no tiene para gel o apura demasiado las mascarillas, es un virus, no cabe duda, para el vicepresidente vacuna del gobierno de Madrid.

Son los pobres y sus costumbres, y sus maneras de vivir. La Presidenta ha dicho que también existe esa forma de vivir en Madrid. Es decir, no son condiciones históricas de existencia en un mundo estratificado en clases. No. Es un modo de vivir poco poético de los pobres, un mundo hacinado, un mundo que no sabe existir fuera de la temperatura intoxicada del metro o del cercanías, un mundo maniático de las herramientas y las colas ante los dispensarios sociales, un mundo de gente que no sabe vivir sin la prolongación de la escoba y el recogedor, es decir, quitando mierda todo el día.

Son los pobres y sus banderas, que han saltado en este tiempo de pandemia a las azoteas. Sábanas blanquísimas que se abomban con la brisa como las velas de un bergantín. Paños de cocina, bragas, camisetas y camisas con los brazos hacia abajo, toallas, calcetines... Son las banderas del estado real de la gente, las banderas únicas de las que puede partir una auténtica operación de unidad, de poder popular, cuando los pobres descubran su gran tesoro: que el poder real reside en esos “menos”, esos “nadie”, esos “tiesos”, que, como dice el poeta, son muchos y por eso son inolvidables.

Son los “menos” que han empezado a sublevarse contra los “aguados”, es decir, aquellos que quieren convertir el problema en una pandemia para los pobres, esos pobres que tan tarde llegarán a la vacuna, y tan pronto al hospital, aunque nunca habrá respiradores para ellos.

A ellos me refiero, superando el butacón estable del olvido y la brisa perfumada de la indiferencia. De ellos escribo, como Roberto Sosa, instándoles a que empiecen la operación cada vez más necesaria de cabalgar una estrella.

Publicado en el Nº 338 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2020

En esta sección

El Diego, historia de un antihéroeMigrar no es fácil, es un camino largo y tortuosoOportunidades en la crisisLenin Moreno en la Revolución ciudadana (1)La derecha lucha por su clase. ¿Y la izquierda?

Del autor/a

Navidad viralJuan Pinilla: “El flamenco me ha ayudado a comprender que existe una alternativa real, no superada: la sociedad socialista”Queremos tanto a MarcelinoLos pobresEduardo Castro y ‘El burro del cardenal’