Caldo de pollo

Los lectores del metro de Moscú Muchos intelectuales dotaron de envergadura teórica, rigor científico y emoción humana al socialismo

Higinio Polo 27/10/2020

Aunque la mayoría de los intelectuales han ejercido, históricamente, la función de escribas del poder, esa tradición empezó a quebrarse en el siglo XIX con el nacimiento del movimiento obrerista. Desde entonces, el trabajo de esos estudiosos y su relación con la sociedad (entendida como receptora de sus elaboraciones teóricas y de su ordenación del universo) y el papel que desempeñan los llamados, desde Zola, intelectuales ha sido marcado a fuego por las reglas del capitalismo.

El surgimiento de una corriente intelectual alrededor del asunto Dreyfus que impugnaba el discurso dominante y, después, la progresiva organización de importantes grupos alrededor de la propuesta por el socialismo que hizo explícita la revolución bolchevique, inauguraron la nueva función del intelectual.

Desde Ródchenko o Maiakovski, con su apuesta al servicio de la revolución, pasando por la acción de Barbusse o Rolland en la Francia de entreguerras, y de otros escritores y artistas en el resto del mundo, hasta el compromiso de tantos relevantes científicos y autores a lo largo de los cuarenta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, muchos intelectuales acompañaron al movimiento socialista y comunista, dotaron de envergadura teórica y rigor científico al socialismo. También, de emoción humana. Su papel resume la historia del último siglo: todos ellos componen la figura de un revolucionario, de un ser humano comprometido con su época y con la libertad que es también un lector en el metro de Moscú.

Sin embargo, en los últimos años del siglo XX, la desaparición de la Unión Soviética y el retroceso, incluso el desprestigio, de las ideas socialistas y comunistas, trajeron una progresiva defección de muchos intelectuales.

Hoy, relevantes autores se han convertido en consumados tahúres al servicio del poder capitalista, abominan del compromiso político con la izquierda y juzgan legítima la complicidad con la explotación y el latrocinio, incluso con la rapiña imperialista, aunque no suscribirían una descripción tan cruda como la anterior porque su vida precisa del disimulo.

Aceptan, al mismo tiempo, el papel de legitimadores del capitalismo y de creadores de mentiras en los laboratorios ideológicos del sistema. También en la apuesta por una supuesta cultura popular que abomina de la instrucción y de la ciencia, que rechaza la libertad. Así, la desvergonzada, a veces sutil, represión de una cultura liberadora, la repetición constante de unos esquemas de entretenimiento social en los grandes medios de comunicación y, sobre todo, en la televisión y las plataformas de internet que sirven a grandes audiencias la bazofia y la mugre del naufragio de la decencia, tienen como objetivo el embrutecimiento de la población y van de la mano de la compra, del halago interesado, del chantaje y de la extorsión, a veces de la limosna, de muchos intelectuales. No es fácil resistir a la maquinaria de la propiedad.

Muchos intelectuales resisten

Para el capitalismo, la función del intelectual debe limitarse a ser corifeo del poder, en su más precisa acepción de conductor del coro, como en el teatro clásico griego. Si el intelectual pretende desempeñar otro papel, se verá reducido al desempleo, al ostracismo. A veces, a la muerte civil si no acepta reproducir una cultura burguesa que legitima a los dueños del dinero y la propiedad.

La destrucción de la biblioteca de Alejandría, las hogueras con códices hechas por los monjes españoles en América, el desprecio fascista del conocimiento y las hogueras de volúmenes organizadas por los nazis (¡con participación del propio Heidegger!) tienen continuidad en el incendio de la Biblioteca Nacional de Bagdad, donde ardieron un millón de libros, y en la destrucción del Archivo Nacional de Iraq que supuso la desaparición de dos millones de documentos sin que el ejército de ocupación estadounidense moviera un dedo para impedirlo.

Esa ferocidad capitalista contrasta, por ejemplo, con el esfuerzo de la República española para llevar libros a los milicianos y soldados en los frentes de batalla.

Y, sin embargo, muchos intelectuales resisten, porque ligan su actividad a un proyecto libertario y fraterno, reconociéndose, aunque haya pasado tanto tiempo, en el énfasis por la cultura que se mostraba en los países socialistas europeos tras la Segunda Guerra Mundial: todavía entre las ruinas de la guerra, los lectores del metro de Moscú que vio Rossana Rossanda en 1949 eran los mismos hombres y mujeres que pocos años antes habían combatido contra el nazismo.

Publicado en el Nº 338 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2020

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