Ni dios ni amo

Vivienda Quien realmente ocupa nuestros hogares, son la Banca y los Fondos Buitre sin necesidad darle una patada a la puerta. Le basta con triquiñuelas y argucias legales, hipotecas tramposas o abusivas subidas de alquiler

Benito Rabal 27/10/2020

No descubro nada nuevo si digo que el miedo es la mejor arma de dominación. Y el miedo al otro, al diferente, se ha revelado, desde tiempos inmemoriales, como una de sus mejores versiones. Más hoy en día, en que parece que, dentro del huracán de aparente comunicación, impera la necesidad de definir la propia identidad enmarcada en un grupo determinado. Banderas en la mascarilla, vestuario, tatuajes o grupos de afinidad en las redes sociales, son prueba evidente de ello. Es en ese contexto donde deberíamos situar la insultante campaña sobre la ocupación.

Dejando de lado que el porcentaje de viviendas particulares ocupadas no llega al 0,3% y que se obvia la diferencia entre ocupación y allanamiento de morada, contra el que, en contra de las falacias repetidas una y otra vez, sí existe el inmediato respaldo de la ley que deberá expulsar a quien se haya instalado en tu domicilio o segunda residencia, en el plazo de 24 horas, se hace evidente que la difusión del problema que no es problema, tiene otras connotaciones que van más allá del simple beneficio de las empresas de seguridad o el provechoso, para algunos, alarmismo social.

Qué duda cabe que, tras la campaña contra la ocupación, está también el intento de escaquear a la opinión pública la necesaria regulación del mercado de la vivienda o la actuación raposa de los grandes propietarios. Pero me da la impresión que el objetivo final de ésta, tiene intenciones aún más perversas. Se trata de hacer que la gente se sienta amenazada por un peligro que, aún siendo inexistente, es fácil ponerle rostro.

Porque, ¿quién se supone que va a ocupar nuestro hogar cuando nos hayamos ido, por ejemplo, de vacaciones? No hace falta pensar mucho para acertar la respuesta. Inmigrantes, parados de larga duración, familias sin recursos, etnias marginadas, en definitiva, pobres. Ese es el auténtico fin de la alarma. Abundar en la aporofobia, en el rechazo al diferente, no por raza, no por cultura, sino por pobre. No hay mejor chivo expiatorio que quien no puede defenderse y es el miedo a poder sufrir algún día su pobreza, lo que le convierte en nuestro enemigo.

Pero la realidad es otra. Y precisamente, para camuflarla, se necesita crear una amenaza con rostro. Quien realmente ocupa nuestros hogares, y las estadísticas lo demuestran de forma apabullante, son la Banca y los Fondos Buitre sin necesidad darle una patada a la puerta. Les basta con triquiñuelas y argucias legales, hipotecas tramposas o abusivas subidas de alquiler.

Y la guinda del pastel, la Iglesia Católica con las inmatriculaciones regaladas en plan barra libre, por ese ser infecto, asqueroso y criminal, llamado José María Aznar. En los últimos años más de 35.000 propiedades han pasado de ser consideradas bienes públicos, particulares o comunales, a convertirse en propiedad de la secta católica. Y no sólo lugares de culto, sino parkings, pisos, solares o locales de ocio como el Quitapesares junto al Santuario de la Fuensanta en Murcia.

Pero, además, esa ocupación descarada, de la que no se habla en las tertulias ni aparece en los medios, al estar exenta gracias al Concordato, de pagar el I.B.I., resta importantes sumas al erario público, el mismo que debiera encargarse de promover la vivienda social a través de la rehabilitación de edificios dejados al abandono y la autoconstrucción. Si, la autoconstrucción.

¡Qué bonito sería si eso se pudiera hacer realidad!, dirán algunos. Pero no es utopía. Ya se hace en Cuba desde hace años con las microbrigadas. Y aquí, en Marinaleda, en nuestra tan cacareada patria, también.

Claro que ambos lugares la bandera es la dignidad y no un trapo con el que marcar fronteras y privilegios.

Publicado en el Nº 338 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2020

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