Crónicas del Madrid oscuro

Valium

Juan Madrid 27/10/2020

Los niños son molestos, ¿a que sí? Los niños joden con sus lloros, joden con eso de tener que darles el biberón seis veces al día, joden con que no te dejan salir a tomarte unas copas o a tomar el aire, joden con sus enfermedades cabronas, joden con la mierda de la caca y de los meados, con la ropita y con el frío.

Los niños no te dejan hacer nada, te atan con una cadena y te tienen amarrados. Pero lo peor es que la jodienda dura mucho, no es cosa de un mes o de dos, es cosa de años. Al principio son pequeños, como de gomaespuma, y hacen alguna gracia a pesar de la jodienda; después, cuando tienen dos años, por ejemplo, ya no se pueden aguantar.

Arturito, por ejemplo, nació ya con la manía de joder lo más posible. Hasta los seis meses no paró de berrear por las noches. Había que estar encima de él moviendo la cuna y ni por esas se callaba. Su padre, Vicente, y su madre, Aurora, se peleaban para ver quién iba a callar al jodido Arturito. Eran muy jóvenes, casi niños, bien es verdad, ¿pero quién les mandó traer una criaturita al mundo?, como solía decir doña Remedios, la panadera.

A veces Arturito se dormía, pero se despertaba a las seis de la mañana y empezaba otra vez.

Vicente, el padre, empezó a no pisar la casa. Salía del taller de ebanistería de su cuñado Lucio, donde curraba, y se iba derecho a los bares a ponerse ciego a cañas. La Aurora se cabreaba, claro, cogía al Arturito en brazos y se iba también de cañas a ver al marido. Nosotros, en el barrio, los veíamos dar voces y discutir de vuelta a casa. La Aurora fuera de sí, Vicente medio castaña y Arturito en brazos de su madre, berrea que berrea.

Aquello no podía acabar bien. Doña Remedios, la panadera lo tenía dicho.

-Criaturita…, angelito mío, qué pena me da, la juventud de hoy en día no quiere a los niños. ¡Qué pena!

-¿Y la madre qué? -solía responderle María, la de la mercería-. ¿Es que las madres no dan pena?

Nadie sabe lo que ocurre tras los muros de una casa, pero no hay que ser un lince para adivinar lo que pasaba en la casa de Vicente y Aurora.

-¡Niño, calla de una vez! ¡Cállate!

-¡Cállate tú, que el niño no entiende!

-¡Lo voy a matar! ¡Lo mato!

Entonces, descubrieron que podían darle pastillas. Se la machacaban sobre un papel de periódico y se la daban con el biberón y el niño se quedaba como yerto, tieso como un garrote, pero calladito. Dejaron de escucharse los aullidos nocturnos que tenían soliviantado a todo el vecindario.

Si no hubiese sido porque la empresa del cuñado quebró y dejó a Vicente en la calle y cobrando cincuenta y ocho mil del paro, quizás lo que se cuenta aquí no hubiese pasado. Vicente empezó a estar más tiempo del debido en la casa, sin afeitar y viendo la tele todo el santo día.

A mí me lo contaba doña Remedios, la panadera, cuando iba a comprarle el pan.

-¿Ha visto usted, don Juan, cómo está la criatura?

-Pues no, la verdad, no me he fijado.

-Lleno de moratones y cardenales, parece un San Sebastián.

Las pocas veces que vi a Arturito debía tener el chaval ya los dos años o casi. Era curioso verle caminar. Se paraba, miraba a izquierda y derecha y emprendía una carrera hacia un escaparate o hacia cualquier cosa que le llamase la atención. Se paraba otra vez, volvía a mirar a izquierda y derecha y volvía a hacer lo mismo.

Las babas le resbalaban por la comisura de los labios y no hablaba, que yo supiese. Emitía una especie de gritito, que parecía situarse entre el gemido doliente y el suspiro entrecortado.

Pero lo más curioso no era eso. Al caminar daba la impresión de que cada parte del cuerpo iba en dirección contraria. Tenía movimientos asimétricos.

La madre lo dejaba en la puerta de los bares y hacía sus apaños con el hachís y el caballo, mientras se bebía unas cuantas litronas y Arturito correteaba por la plaza del Dos de Mayo emitiendo esos extraños grititos.

A veces se quedaba tieso, tirado en cualquier parte, y alguien, caritativo, se dedicaba a buscar a la madre por los baretos.

-¡Ya está el muy asqueroso, Dios mío, qué castigo de niño! -exclamaba la Aurora al verlo. Y le sacudía para que despertara, con lo que empezaba a llorar. Tengo que decir que el Arturito cuando lloraba no lo hacía como cualquier niño, como su hijo o el mío, pongo por ejemplo. Lloraba con la boca cerrada y movía la cabeza de arriba abajo como una peonza.

Y no había quién lo callase.

A veces, alguna camella amiga de la madre se lo llevaba a dar una vuelta mientras la madre machacaba otra pastilla para endiñársela al niño.

¿Y el padre?, se preguntarán ustedes. Bueno, Vicente pasaba enteramente del tema. También trapicheaba con hachís y caballo pero en lugares diferentes. Nunca se tropezaba con su mujer y el Arturito.

Una noche, Paco el Chulo tuvo un traspié y resbaló por las escaleras de la plaza. En un rincón vio al Arturito yerto y con los ojos abiertos. Dicen que se pegó un susto de muerte. Parece ser que llevaba allí todo el día, desde por la mañana.

Al parecer, y según me contaron, la Aurora le había dicho al Vicente que se ocupara del niño, que ella tenía que ir a San Blas a por mercancía. Y a Vicente se le debió de olvidar o tuvo un flipe, o vaya usted a saber. El caso es que no fue a por el niño y pasó lo que tuvo que pasar.

Lo que todos vimos fue el botellazo que la Aurora le dio a Vicente en la cabeza por dejar que se muriera el Arturito. Pero luego se les pasó el cabreo y siguieron como tal cosa.

Publicado en el Nº 338 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2020

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