Marcelino representaba una lectura viva, abierta, sin esos anquilosamientos de la modernización posmodernaQueremos tanto a Marcelino Representaba la firmeza amable, el poder amable de la razón que supo ejercer, avistando siempre los cambios de esa realidad que se mueve al compás de la lucha (sumergida o explícita) de la gente

Felipe Alcaraz Masats 28/10/2020

La muerte de Marcelino Camacho el 29 de octubre del año 2010 podría señalarse como el final de una fase política, y aun histórica. Pero lo curioso de la situación es que Marcelino ya estaba en otra fase, en la fase siguiente, como caso contrario a muchos dirigentes de izquierdas, anclados en un proceso de “modernización” del régimen del 78 y no en el horizonte nuevo de un proceso constituyente hacia un imaginario alternativo.



Muere Marcelino y para muchos se produce como una obturación histórica, como si se perdiera el hilo de una nueva etapa de lucha y sublevación contra el poder anquiloso y su metástasis en muchos aparatos políticos y sindicales. Pero la historia real, la historia de la gente, no se para nunca, y esa fase nueva y alternativa ofrece su nuevo rostro siete meses después, a través del llamado 15M.

Enfoquemos al 15M como síntoma, aunque hablemos también de las distintas consecuencias que se dieron. De este modo, el 15M fue el síntoma que marcaba el final del régimen del 78, del que, sin saberlo, se descolgaban muchos de los perjudicados por la “relectura” que el neoliberalismno y los sucesivos gobiernos habían realizado de la Constitución de 1978. Una Constitución válida en su inicio (recordad la lectura que hacía de ella Julio Anguita: como marco para una política de izquierda económica basada en la planificación democrática de la economía), pero que, lo mismo que le ha pasado al régimen del 78, en función de los cambios sufridos, actualmente es el refugio de los reaccionarios y neofranmquistas, que se han parapetado en ella y en una lectura especial de la Transición.

El incumplimiento flagrante de la Constitución, leída desde la transición neoliberal que en nombre de la izquierda operó Felipe González a partir de 1982, la adaptación a los acuerdos de Maastricht, que acabaron con cualquier soberanía (empezando por la posibilidad de dibujar nuestro futuro económico y productivo), la reformulación aberrante del artículo 135, más la aplicación a la carta (sin ley orgánica que lo hubiera desarrollado) del artículo 155, carbonizaron no solo el espíritu constitucional sino el propio régimen del 78.

A esto se oponían, sin saberlo, los autoconvocados el 15M del año 2011. Este era el malestar latente , que se expresaba través de una serie de gritos bastantes explícitos: No nos representan, políticos y banqueros, PP y PSOE son la misma cosa, la vida es otra cosa, el pueblo unido...

Siempre me he imaginado a Marcelino en la Puerta del Sol, junto a los indignados, sin dejar de aconsejarles que había que terminar organizándose, como hacían en presencia real veteranos como Melquesides o Armando López Salinas, y muchos otros comunistas.

Quizás me equivoque. En todo caso Marcelino representaba una lectura viva, abierta, sin esos anquilosamientos de la modernización posmoderna que habían empezado a conducir a muchos aparatos políticos a defender las esencia de una Constitución y una Transición fuertemente desmentidas por la lectura dominante del neoliberalismo patrio, cuyos intereses siempre ha representado el inquilino de la Zarzuela.

Las consecuencias de esa lectura anquilosada de la realidad han sido determinantes en la reducción de esa izquierda (sindical y política) que no supo leer la apertura de la fase constituyente y republicana. Y que no quisieron ser los primeros de una fase sino los últimos de la fase anterior, ya caducada.

Por eso queremos tanto a Marcelino. No solo por su afabilidad, que nunca convirtió en la sociopatía del dirigente que somete sus principios a la simple simpatía, presos de los dictados de un proyecto personal. Sino por su firmeza amable, por el poder amable de la razón que supo ejercer, avistando siempre los cambios que se iban produciendo en la realidad, en esa realidad que se mueve al compás de la lucha (sumergida o explícita) de la gente. Porque nunca creyó que la realidad es estable para siempre y hay que rechazar los cambios que desordenan las estabilidades anteriores. Siempre estuvo Marcelino dispuesto a sufrir las incomodidades del cambio, sus inseguridades, el terreno movedizo de los nuevos conceptos y categorías.

El día 29 de octubre, con ocasión del décimo aniversario de su muerte, la dos de Televisión Española emite el documental sobre su vida, donde se puede ver la gran lección de su lucha: entre los posible (lo acomodado, lo anquilosado como realidad “natural”), y lo necesario, eligió siempre lo segundo. Entre la doma y la lucha, eligió la lucha, como fuente de vida y conocimiento. Por eso queremos tanto a Marcelino. Por eso hemos echado tanto de menos su voz estos últimos diez años.

En esta sección

Resolución del Buró Político del PCE 'Para terminar la guerra' (Febrero de 1939)Despedida a las Brigadas Internacionales (noviembre de 1938). Discurso y artículo de Dolores IbárruriJurado del concurso de relatos cortosComunicado del Buró Político del Partido Comunista de España. 15 de septiembre de 1937'Lo que el Partido Comunista considera indispensable hacer para ganar la guerra'. Resolución del Pleno Ampliado del Comité Central del PCE. Valencia, 5 de marzo de 1937

Del autor/a

Violeta, rojo, verdeEl PCE y la literaturaLa trama civilEspacio, tiempo, vida y obra de Raúl del PozoNavidad viral